El café rojo

En el café rojo, el que abre a las

cinco de la tarde, las azucenas

crecen por encima de los pianos.

Allí arde la esperanza,

arde por las paredes de esta gran ciudad,

arde por las habitaciones,

por todos sus corredores y

penetra los ascensores

clavando destellos en

los muros y en los techos

que se acompañan de lágrimas.

Me llegan las mañanas buscando

pretextos para quedarme, ansiando

con desespero continuar, seguir la lucha.

El frío penetra tan fuerte,

se instala en los huesos, golpea

mi rostro, congela la esperanza.

Pocas cosas eran claras.

En momentos nada es claro,

la bruma es más espesa

y no hay ojos que miren.

Estoy sin ti en este hotel, que

es igual a estar sin mí.

Recorro las calles, los pasillos rojos

del hotel y me digo: Dios,

dame razones para quedarme,

necesito motivos para aferrarme,

Dios mío, Dios mío,

necesito esperarlo.

Y se me vienen las

calles, las avenidas, todo se viene

a mi encuentro y me deja;

sigue de largo y yo sigo aquí

con esta soledad en el cuerpo;

yo sigo aquí en el Café Rojo,

esperando a las cinco,

confiada en Abril.

Dios, Dios, dame razones

para quedarme,

necesito motivos

para aferrarme,

Dios, Dios, necesito esperarlo.